Artículo publicado en El Mundo. cuyo título es “Enseñar y Aprender”.
Hay profesores que se resisten al cambio metodológico que los nuevos tiempos imponen, están en su derecho y yo me hago eco de sus argumentos a pesar de discrepar con él, su autor es Alejandro Menéndez.

Explicando las consecuencias que para la metodología docente va a suponer la aplicación de los acuerdos de Bolonia en pos de la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior, el director general de universidades del Ministerio de Educación y Ciencia nos «ilustra» diciendo que será una enseñanza «más preocupada por las competencias que el estudiante debe tener que por los conocimientos que el profesor tiene que transmitir». ¡La de méritos ocultos que debe atesorar este señor para seguir donde está diciendo lo que dice!

Naturalmente no puedo entender que lo que tengo que enseñar como profesor deba ser distinto de lo que los alumnos tienen que aprender, por la sencilla razón de que si eso es rigurosamente así, directamente sobro. Pero esa esquizoide convicción que contrapone enseñar y aprender se ha expandido, cual plaga bíblica, entre los partidarios de emprender este camino a ninguna parte en el que han convertido unas simples e inocuas recomendaciones –que era lo que en realidad se pretendía con los acuerdos de Bolonia–, y de cuya aplicación a los estudios jurídicos se han ido olvidando, por cierto, países como Alemania y Francia, y a las que no se adhirieron nunca en el Reino Unido.

Escudriñando las intenciones de los partidarios de lo que llaman «espíritu de Bolonia», encontramos sorprendentes admoniciones sobre la necesidad de distinguir entre «saber» y «saber hacer», o de conseguir el «aprendizaje de las habilidades de la profesión» y «la destreza técnico-profesional». Y en cuanto adalid de la reforma universitaria, la señora ministra de Educación afirma que «uno de los desafíos de la universidad europea es el acercamiento al mundo empresarial». En definitiva, detrás de este turbión que, obviando la libertad de cátedra, nos quieren imponer, parece atisbarse el deseo –aunque no es sencillo descifrar la voluntad de quien en realidad no sabe lo que quiere–, de dirigir las enseñanzas universitarias por el camino unidireccional de su aplicación práctica.

Es muy curiosa –y probablemente reveladora de un pensamiento profundamente reaccionario–, la confusión mental que denotan quienes, a la vez que se rasgan las vestiduras (con toda razón) por la insensibilidad en la deslocalización de las empresas, el despiadado poder del dinero o las tropelías de la industria farmacéutica, cuando se les pregunta por cómo mejorar la universidad, responden que con su «acercamiento al mundo empresarial».

A mí también me gustaría hacerles una pregunta: si la universidad es el sitio para aprender «lo que se hace» ¿dónde les van a enseñar «lo que se debe hacer»?