Me ha impresionado y hecho mucho que pensar este artículo publicado en Educ.ar
Trabajo desde hace poco en un colegio genial. No tengo que alzar la voz, los niños se desesperan por aprender, mis colegas son un amor, los padres son participativos, los recursos que dispone el colegio me permiten innovar y aprender más como docente. Es el colegio que cualquier profesor desearía. El problema es que extraño mi trabajo anterior. Antes de llegar hasta acá, trabajé en un sector de extrema pobreza, con niveles de violencia altos (entiéndase delincuencia, pandillas, drogadicción, etc). Nuestros apoderados eran traficantes o estaban en la cárcel. Los garabatos, las faltas de respeto de los alumnos jóvenes a los docentes de mayor edad, las guerras de "pollos", etc.. eran asunto cotidiano. Muchas veces los maestros teníamos que comprar los cuadernos y los lápices o conseguirnos alguna casaca cuando veíamos llegar a los pequeños con un chaleco delgado en pleno invierno. Me acuerdo que tenía una alumna que no hablaba desde que había visto como su mamá era detenida en una redada de los carabineros (3 años). Otra vez me tocó acompañar a los policías hasta la casa de una pequeña porque su mamá estaba totalmente borracha y la niña (de 10 años) había venido corriendo a mí porque pensaba que su mamá estaba muerta… No es ser masoquista, creo. Es en este mundo donde los niños más nos necesitan, donde nos transformamos en la única familia y la única fuente de seguridad que conocen. Tal ves el beso que damos al llegar o el regaño por no hacer la tarea, sean las únicas muestras de amor y preocupación que conozcan en su niñez. Tal ves vamos a salvar a un niño de la droga, de la prostitución o la delincuencia con un gesto, una palabra, un ejemplo. Diciéndoles continuamente que sí se puede romper el círculo de la pobreza y entregándoles las herramientas para eso. El problema es que los profesores queremos lo que todo ser humano quiere: tal ves ganar un poco más de dinero, no quedar disfónico a los pocos años de hacer clases, trabajar en un clima que nos genere poca producción de adrenalina, no salir “acullichado” cuando se esta tratando de evitar la pelea entre pandillas, etc. Y justamente a donde más nos necesitan es adonde más se nos da todo lo contrario De todas formas, nunca habría dejado mi otro trabajo. Las razones por las cuales renuncié son largas de explicar, pero ninguna relacionada con el dinero ni con los niños. Uno puede recibir muchas gratificaciones como docente, pero una sonrisa de uno de aquellos niños vale por mil aplausos, posgrados, aumentos de sueldo, premios, etc. que uno pueda obtener a largo de su vida. Lograr una sonrisa en esos niños que han nacido para llevar una vida de viejos, es ganarse el cielo anticipadamente.






