Artículo de Ser docentes hoy por Francisca Lanail .
El mundo cambió; la institución escolar mantuvo rígida su organización. El docente y el alumno, que como personas han asimilado los cambios sociales, se ven obligados a forzar sus personalidades dentro del ámbito escolar por el encorsetamiento del sistema. Sólo liberados de ataduras perimidas el docente y el alumno podrán construir una relación pedagógica que permita ir esbozando el perfil y la función del docente.
El docente era, hasta no hace demasiado, el que enseñaba. Si era maestro, era una persona de mérito relevante entre las demás personas, que enseñaba una ciencia, arte u oficio, o que tenía título para hacerlo. Específicamente estaba el maestro de primera enseñanza o de enseñanza primaria cuya ciencia, arte u oficio era el de enseñar las primeras letras, el uso de la lengua, la aritmética, las nociones elementales de la historia y la geografía de nuestro país a los niños. También se podía ser profesor. Entonces era la persona que ejercía o enseñaba una ciencia o arte ya no a párvulos sino a adolescentes o jóvenes.
En todos los casos enseñar significaba transmitir el conocimiento atesorado socialmente a las nuevas generaciones a través de quienes lo estudiaron a tal fin.
Claro que la acción de enseñar requería de un método que facilitara la adquisición de los conocimientos por parte del aprendiz y que desarrollara en él la valoración del esfuerzo y el estudio. De igual manera era necesaria una organización que permitiera la puesta en práctica de este método por la cual la sociedad establecía la forma en la que iba a desarrollar su tarea el docente e iba a recibir instrucción el alumno. No menos importante era la constancia oficial del cumplimiento de las sucesivas etapas en la que estaba organizada la transmisión de conocimientos. Esto es, teníamos al docente, al alumno, al método, a la escuela, al sistema educativo en su totalidad. Estos cinco elementos conformaban el lugar, los actores, el modo y la certificación de la educación. La familia era el soporte exterior, la que actuaba como refuerzo en los niños y jóvenes para las enseñanzas escolares; aunque más no sea por la alta valoración del estudio que les inculcaba a sus hijos. A su vez, la escuela apoyaba las enseñanzas morales y de carácter que se cumplían en el hogar.
Hasta aquí parece claro el perfil del docente: debe estar capacitado intelectual y profesionalmente para transmitir conocimientos y favorecer hábitos valorados por la sociedad en los educandos. Y su función es igualmente diáfana: lograr que sus alumnos adquieran conocimientos y hábitos aceptados socialmente como correctos.
Pero hete aquí que en los últimos años los cambios sociales que se dieron provocaron una situación diferente. En parte, afectaron directamente a la escuela colándose en sus aulas sin previo aviso; en parte, aislaron a la escuela de sus apoyos exteriores. Todo fue muy acelerado; tanto que ni los docentes ni las autoridades educativas pudieron o supieron realizar las adaptaciones necesarias.
Hoy el docente no es más la persona altamente valorada por sus conocimientos y profesionalidad ni la escuela es respetada como el segundo hogar, cuna del saber. Además, si la familia no puede sostenerse como institución menos podrá apoyar a la escuela. De igual manera, el lugar que antes ofrecía un marco apropiado para el proceso de enseñanza-aprendizaje, hoy es totalmente inadecuado para albergar la enorme cantidad de jóvenes y no presenta las mínimas condiciones pedagógicas para llevar adelante la tarea docente.
La sociedad toda se ha vuelto escuela ya que políticos, periodistas, artistas, transeúntes, automovilistas, terroristas, deportistas, drogadictos, traficantes, empresarios, piqueteros, cartoneros, eclesiásticos, instituciones privadas, grandes empresas multinacionales, la televisión, el cine y los comentaristas de todo el planeta educan formal o informalmente a los niños y jóvenes. Además, las certificaciones que sigue otorgando el sistema educativo a sus egresados poco y nada dicen sobre sus saberes y habilidades.
¡Qué pobre y desvalido quedó el docente ante tamaña competencia! Para colmo se lo impulsó (porque es una buena persona) a cumplir funciones de asistencia y contención ante la casi disolución de la familia. También tuvo otro ataque grave: los conocimientos que antes sólo él exhibía luego de arduos años de estudios hoy están mucho más fácilmente al alcance de mucha más gente, incluso de sus alumnos.
Así es que llegamos a una situación muy confusa sobre cuál es el perfil y la función del docente hoy en día.
La docencia y, con ella, la educación están en crisis. Esto es, vivimos un momento en el que se produce un cambio muy marcado tanto entre los docentes como en la educación. No es necesario nombrar todas las situaciones que hacen evidente esta crisis. Cualquiera que transite una institución escolar recogerá los signos de la violencia y el fracaso académico y humano en sus aulas y pasillos.
Pero, quizás los problemas no sean causados por los cambios en sí, sino que el conflicto se presente al tratar de ignorarlos y seguir adelante con la rutina escolar superficial.
¿Es pedagógicamente correcto concentrar cerca de 1000 alumnos en un establecimiento?
¿Es posible enseñar y aprender en un aula con 40 alumnos?
¿Puede el docente en esas condiciones atender la diversidad, señalar el error y procurar su corrección como forma de enseñanza?
¿Por qué se sigue manteniendo el horario como centro de la organización de una escuela?
¿Por qué todos los alumnos deben tener la misma cantidad de horas de las distintas materias?
¿Por qué los alumnos deben tener un solo profesor en cada materia impuesto por la organización?
¿Por qué todos los alumnos comienzan el mismo día y terminan el mismo día las clases?
¿Por qué los docentes debemos ceñirnos a un listado de temas uniforme?
¿Por qué hay horarios rígidos para aprender y enseñar cada materia?
¿Por qué, de hecho, hay materias importantes y otras que no lo son tanto?
¿Por qué los docentes deben lidiar con los alumnos que no quieren aprender?
¿Por qué los docentes deben contemplar los casos en los que los alumnos no tienen los elementos necesarios para aprender?
¿Por qué no responsabilizar penalmente a los padres por los incumplimientos de los hijos?
¿Por qué, básicamente, los programas son iguales para todas las escuelas y todos los alumnos?
¿Es lo mismo una clase de matemática o física que una de historia o geografía o una de lengua o plástica?
Los cambios sociales han tocado algo que es esencialmente pedagógico: la relación docente-alumno. Aceptar esta situación nueva obliga a flexibiliza el trabajo del docente con el alumno a fin de cargar la responsabilidad en ambos por las decisiones que tomen. Si tanto docente como alumno deben actuar de la forma que se les exige desde fuera de lo pedagógico, no han de asumir (porque no la tienen) la culpa de los fracasos.
Creo que el mundo cambió drásticamente hacia la diversidad y la libertad. El uso inteligente de la tecnología permite esta apertura. Dentro de las instituciones escolares mantenemos una rigidez absurda que lo único que logra actualmente es que no se pueda trabajar. En realidad las estrategias administrativas y legales de las instituciones educativas están orientadas a satisfacer el cumplimiento de las rutinas superficiales que tienen que ver con la escolaridad más que a crear las condiciones adecuadas para que los alumnos aprendan.
La amplitud, la permisividad social no se instaló en las instituciones educativas que, si bien resultan tolerantes con peinados raros, cabellos verdes, respuestas insolentes para nada lo son en lo que respecta a su función pedagógica.
El modo de establecer las relaciones pedagógicas es rígido, esquemático, con jerarquías que no condicen con la realidad, con metas que no son del interés de nadie, sin espacios para la creatividad ni para la manifestación de las distintas personalidades.
Dentro de las instituciones actuales
a) se valora, a contrapelo del mundo, la homogeneidad;
b) hay un total desinterés por las individualidades (tanto de los docentes como de los alumnos);
c) hay ausencia absoluta de diálogo en la pareja pedagógica y, por último,
d) hay anulación de los líderes y de los equipos de trabajo.
Es todo un paquete, los cuatro ítems están relacionados fuertemente. Creo que son el meollo de nuestro problema y que si en alguna medida se pudiera ir cambiando hacia la aceptación racional de la heterogeneidad, hacia la diferenciación de los agentes, hacia el diálogo docente-alumno y hacia la consolidación de los líderes y de los equipos de trabajo productivos podríamos ir cambiando la actual escuela. Y en ese proceso descubriríamos qué perfil y qué función le corresponderían al docente.