Educación: una sinfonía a trompicones es un nuevo artículo pubñicado en el diario Hoy por mi admirado profesor Francisco J. Olivares del Valle.

ASÓMBRENSE! En la Universidad de Extremadura, la UEx, se está intentando implantar un minicurso preparatorio (para los estudiantes) y discrecional (con profesores voluntarios), al que denominan ‘de nivelación’, que pretende que, en dos semanas, los estudiantes de nuevo ingreso (los que se supone que han superado (¿?) las prueba de selectividad (¿?)) prendan con alfileres los rudimentos imprescindibles para entender (¿?) y asimilar (¿?) las asignaturas del primer curso. Visto en positivo esta iniciativa parece interesante y puede resultar útil. Pero no vayan a creer que lo que se persigue es reforzar e intensificar los conocimientos en los futuros profesionales, para que así puedan competir de igual a igual en el dinámico mercado laboral contemporáneo. No. Se trata sencillamente de un programa in extremis, que sólo busca mitigar una incuestionable evidencia: los estudiantes, cada vez en mayor número, llegan a la universidad con un déficit de conocimientos y una forma de entender el estudio que, o bien se banalizan los contenidos de las materias, dándoles forma de cuento o relato multimedia, o bien se produce un perverso fenómeno que es ya casi como una norma: a la semana de empezar las clases, un preocupante número de estudiantes abandonan y dejan de asistir, porque ni les interesa ni entienden lo que se les explica, ni saben cómo confeccionar y ampliar los apuntes, ni son capaces de buscar y contextualizar la necesaria bibliografía. El resultado final consiste en pedir los apuntes al compañero o amiga que asistió irregularmente a las clases, ‘bajarse’ de Internet un texto ‘amateur’ de quién sabe qué autor y escrito en chungocastellano, o en un intento de aprenderse de memoria, muy a duras penas, frases inconexas y párrafos ‘estratégicos’. Lógicamente, honrosas excepciones no faltan. Y ese panorama no es sólo consecuencia de una falta de empeño (que, en algunos casos, también) ni a que los pobrecitos no intenten superar el enorme bache con que llegan, sino más bien a que el ‘itinerario educacional’ que han seguido en su etapa preuniversitaria, así como los contenidos que cursaron (sin mayores controles y exigencias), no fueron los apropiados para enfrentarse a las enseñanzas preprofesionales correspondientes. Por citar un ejemplo, en ocasiones nos encontramos con alumnos que habiendo realizado el itinerario de humanidades cursan una titulación científica o viceversa

. Pero no se trata sólo de carencias en los conocimientos básicos, pues abundan algunos otros aspectos cuya presencia, casi generalizada, nos hacen ver el asunto con extremada inquietud: memoria pasiva, nula afición a la lectura, vocabulario muy limitado y lenguaje deficiente, ausencia de vocación e indiferencia al saber por saber, escasa práctica del esfuerzo continuo y organizado, actitud acrítica, etc. Eso sí, conocen, casi todos, cómo navegar por Internet, o como dicen los políticos, «moverse por la Sociedad de la Información» y «participar en la Sociedad del Conocimiento», como vía para «integrarse en la Sociedad de la Sabiduría». Y, también, cómo ‘bajar’ películas y música, o chatear en criptocastellano. ¿No buscábamos una prueba objetiva sobre el dramático fracaso que ha supuesto el proyecto educativo implantado en los últimos años? Pues yo creo que aquí la tenemos: la institución universitaria, clave para la educación superior y formadora de nuestros futuros profesionales, tiene que banalizar los contenidos de sus enseñanzas o impartir cursillos intensivos de ‘nivelación’ o ‘capacitación’ que permitan que los estudiantes ‘entiendan’ lo que se les viene encima. ¿Válgame el cielo! ¿Otro parche extemporáneo para resolver los problemas creados por una equivocadísima política educativa! ¿Qué se piensan? ¿que con un cursillo de 40 horas, en el mes de septiembre, reclutando profesorado voluntario con el reclamo de un precario sobresueldo y sin haber elaborado una programación seria y coordinada, vamos a resolver carencias adquiridas durante años en aptitudes y actitudes? Pura demagogia. Como siempre ocurre, cuando hay caos en un problema de gran calado, como es el de la educación, lo primero que se busca son responsables indiscriminados a quienes echarle el muerto. Que si los culpables son los padres, que no se preocupan de la educación de sus hijos. Que si son los profesores, que no rinden lo que debían y además no tienen interés y no saben. Que hay que ver con los estudiantes, que sólo les gusta la juerga y el cachondeo, que no estudian ni piensan en el día de mañana. Incluso se alude genéricamente a la influencia nociva de la televisión, a la música dura y a los demonios de los tiempos modernos. Desde luego, el que no usa argumentos miles para endosarle la culpa a los demás es porque no sabe o no quiere. Desde luego, yo creo que los responsables del ‘caos educacional’ que sufrimos no son las individualidades, pues cada una puede afectar a una parcela muy limitada y concreta (unos padres, algún profesor o algunos estudiantes), sino más bien lo son aquellas instancias, singulares y/o colectivas, que tienen la posibilidad de afectar, instruir y desarrollar medidas de carácter general (leyes, normas, planes de estudio y otras acciones instrumentales, sea de organización o presupuestaria): es decir, la clase política en ejercicio, en lo que respecta a la concepción del sistema y, con igual nivel de responsabilidad, los gestores, que se ocupan de materializar tales políticas educativas. Y esta responsabilidad es grave e inexcusable porque, además, los resultados de una mala política y de una mala decisión sólo aparecen a medio y largo plazo, cuando el daño a generaciones de estudiantes ya está hecho y es prácticamente irreversible. Suele ocurrir cuando las autoridades educativas, haciendo gala de escaso espíritu e imaginación, se dedican a ‘barrer su casita’, en vez de promover políticas eclosivas de reactivación, dinamización, anticipación y participación, que es la única forma con la que el engranaje educacional, en el mejor sentido de la palabra, puede ayudar a que el contexto social que nutre adquiera la inercia suficiente para reducir distancias frente a otras comunidades. Miopes, sería el mejor calificativo para estos gestores, pues sufren una afección politopatológica por la que tienden a enredarse en el trasiego diario y olvidar su función prioritaria, que es ejercitar, y bien, el arte de la Política, trazando y conduciendo los asuntos de su competencia conforme a la ideología que defienden y empleando los medios convenientes para alcanzar los fines últimos pretendidos. El administrador hipermétrope, por su parte, que también percibe borrones, proyecta las imágenes de sus fines políticos más allá de lo que pueden dar de sí sus medios y capacidades, y sólo cuando ha transcurrido fatalmente el tiempo, dando lugar a situaciones dramáticamente perversas y casi definitivas, abandona su empeño, transmutándose hacia otros escenarios menos problemáticos e intactos. Un ejemplo concreto y reciente lo tenemos en Extremadura: después de hacer un inmenso malabarismo económico-ofimático, que ha costado mucho dinero, tiempo y palabras, para implantar un pretendido «nuevo modelo educativo», ahora resulta que los ordenadores, en su mayoría, ya están deteriorados y obsoletos, que aún no se dispone del tal proyecto de modelo educativo que ahora vamos a diseñar mediante una tormenta de ideas y que, hasta el momento, nadie se ha preocupado de elaborar y probar material pedagógico y didáctico de implantación general para el sistema extremeño, y útil para que nuestros jóvenes puedan competir, en España y Europa, con éxito. Eso si, los responsables de este desaguisado se han enrocado, de rositas, a otros entornos, para arreglarlos. FRANCISCO J. OLIVARES DEL VALLE es catedrático de Universidad en Extremadura