Artículo de Eduardo San Martín publicado en ABC.
LA rebelión de los barrios franceses emite con destino a España un aviso para navegantes al que no conviene hacer oídos sordos. Se trata de una llamada de alerta no (o no sólo) sobre el proceloso mundo de la inmigración, que es la primera asociación de ideas que a uno le viene a la cabeza si se considera el valor de precedente que tiene para nosotros todo lo que ocurre en otros países europeos que están de vuelta en la gestión de un fenómeno sobre el que nos llevan algunos años de ventaja. Tarde o temprano, nuestro país tendrá que mirar de frente a los aspectos más ásperos de un cambio social profundo del que ahora apreciamos apenas sus contornos menos espinosos. Y será bueno que aprendamos desde ya hacia qué territorios ingobernables conducen determinadas políticas de integración sustentadas en un chorreo inagotable de dinero que, en buena medida, han producido el efecto perverso de consolidar unos guetos urbanos tercermundistas y unas escalas sociales casi impermeables.
Pero la lección que hoy nos viene de los suburbios franceses atañe a una deuda cuyo vencimiento es más inmediato y sobre la que España no puede permitirse más fallidos. En el diagnóstico que un respetable número de intelectuales franceses han elaborado sobre las causas de la ola de violencia que está asolando sus ciudades (por cierto, chapeau para una clase pensante a la que no le paraliza una galbana más bien sospechosa cuando hay que lanzarse al ruedo de la realidad para torear miuras de ese trapío), muchos de ellos coinciden en señalar al colapso de su sistema educativo, espejo en el que muchos otros países se han mirado durante tanto tiempo y por tantos conceptos, como uno de los factores que están en el origen del «nihilismo de una juventud aculturada y desesperada», por ponerlo en las palabras que utilizaba Nicolás Baverez en su espléndida Tercera del martes.
Algunos prefieren analizar exclusivamente la manifestación del sábado en términos de «guerra de religión». Sospecho que no todos los asistentes se movían al compás de las sotanas. Pero, aunque así fuera, muchos más padres que no salieron ese día a la calle empiezan a escandalizarse con la instrumentación partidista de un derecho nuclear para el futuro de cualquier sociedad. En España el fracaso escolar alcanza casi a uno de cada tres estudiantes y, mientras tenemos el porcentaje de universitarios más alto de Europa, la formación profesional no acaba de arrancar porque el sistema se empecina, en virtud de un igualitarismo bastante caduco, en impartir a todos nuestros adolescentes exactamente la misma educación, valgan o no valgan para ello. Y todo para crear una casta de analfabetos con título (según estudios como el informe Pisa) que, a falta de trabajo pero con un gran dominio de lo último en internet, pueden prender la mecha de la próxima revuelta propagada a través de la blogosfera.







Decir que se puede ser analfabeto y a la vez tener «un gran dominio de lo último en internet» me choca un poco. Si alguien tiene un buen dominio de internet ya no es tan analfabeto, porque todos los blogfesores sabemos que eso supone tener mucho ganado respecto al resto de tecno-analfabetos. Parece que el articulista no da a este dominio el verdadero sentido que puede tener. Ya sabemos que los instrumentos se pueden utilizar para hacer cosas buenas y malas, como todo, pero ya digo que esta asociación de ideas me sorprende, quizá por deformación profesional.