Este artículo publicado en El Norte de Castilla le viene muy bien a los de ciudadanos y ciudadanas o a las de jóvenes y jóvenas.

PERTENECÍA mi abuelo a una generación que hacía de la galantería para con las señoras una obligación moral. Sin olvidar rematar la faena con alguna picardía a lo Paco Martínez Soria. Ya viudo, esta forma de ser le granjeó la simpatía de las abuelas, halagadas con la remembranza del tiempo en que fueron guapas y lozanas.

El caso es que un día andábamos mi abuelo, mi hermana y yo cuando le salió al paso una compañera de quinta muy estirada y con varios potes de laca en la cabeza. Sonriendo amable, la mujer le saludó y le dijo. «Señor Francisco, está usted hecho un pollo». Para mi abuelo, un elogio así no podía pasar sin respuesta. Pero a los 80 años los reflejos lingüísticos no son lo que eran, así que el hombre le espetó: «Usted sí que está hecha una polla». Un tenso silencio se adueñó de la situación. La mujer no sabía qué pensar, ¿qué decía de polla ese viejo loco? ¿Qué se supone que debía responder a eso? Ante la cara desencajada de la interlocutora, mi abuelo comprendió que algo había salido mal. Rebobinó y debió concluir que lo de polla El caso es que el hombre -a galante no le ganaba nadie- retomó el discurso y lo arregló definitivamente: «No, entiéndame, quise decir gallina, que está usted hecha una gallina».

En ese momento mi hermana salió pitando incapaz de contener la risa y a mí no se me ocurrió otra que soltar el consabido pues parece que se ha quedado bueno el día. Si mal está decirle una señora que parece una polla, pretenderlo arreglar llamándola a continuación gallina es como desengancharse del tabaco a base de heroína.

Cobra fuerza en estos días la polémica por un uso no sexista del lenguaje. En la radio, escucho a una mujer instando a terminar con la discriminación machista en los sustantivos. Según ella -que asegura no ser una ignorante en tanto que decana en una facultad- la RAE debería imponer con carácter general la norma de sexar los sustantivos. Si mujer, periodista, si hombre, «periodisto». Dice que al principio nos sonará raro a los «periodistos» que nos llamen así, pero que un par de años nos habremos acostumbrado. Y con eso mucho avanzaremos en la causa contra el patriarcado.

En fin, dejando de lado que ser decano te exonera parcialmente de la ignorancia pero bajo ningún concepto de la estupidez, trataré de acostumbrarme a ser un «articulisto». Aunque creo que pasarán más de dos años hasta que la panadera comprenda que cuando le espeto que «está como una polla», no lo hago por pasado de vueltas, sino por la dichosa cuestión del patriarcado.

En el fondo, es la entrañable manía de la progresía de iluminarnos con lo que es correcto y lo que no. Donde una élite dicta qué expresiones son las más adecuadas para contribuir a la «transformación social». O de qué color es el lacito que debemos prendernos de la solapa para mostrar nuestro buen corazón. Hasta el punto que se diría que parte de la izquierda aspira a devenir iglesia, y es por eso que se sienten obligados a sustituir los rituales cristianos por kumbayanadas varias. La clase de religión por la de ciudadanía; el escapulario por el lacito del color del día; la confesión por la declaración de Hacienda; los concilios por la entrega de los Goya; y el apostolado misional por una temporada cepillándote nativas enrolado en oenegés. Si votas al PSOE, mil días de indulgencias. ¿Para cuándo el catecismo?