Artículo del profesor de Filosofía Vicente Carrión Arregui publicado en el diario Hoy
DICE Daniel Goleman en su ‘Inteligencia Emocional’ que tal vez no haya habilidad psicológica más esencialque la de resistir al impulso. Yo enfocaría por ahí los alarmantes resultados que se desprenden del estudiorealizado por la Fundación Santa María y la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, laCiencia y la Cultura (OEI), ‘La situación de los profesores noveles 2008’, sobre la valoración que realizan los docentes de sus alumnos. ¿Cómo explicarnos si no que el 62,2% de los profesores de Secundaria considere que sus alumnos son peores que los de hace unos años? No parece razonable que los alumnos empeoren según mejoran su nivel de vida y sus recursos tecnológicos, a no ser que rastreemos en la inclinación a ofrecer a nuestros hijos lo mejor con, al parecer, consecuencias nefastas en muchas familias.
Educar a los hijos en libertad y priorizando la solidez de los vínculos afectivos frente a otras cuestiones
se traduce, demasiadas veces, en que desatendemos la educación emocional para contener esos impulsoscaracterísticos de niños y jóvenes. Hablamos de la pereza, la dejadez , el rehuir las dificultades buscandosiempre la gratificación inmediata y la senda del mínimo esfuerzo. Todo progenitor sabe que puede ser mássencillo recoger la habitación del hijo que esforzarse en que la recoja él, pero cuando transigimos en esabatalla -valga esto para cualquier tarea doméstica-, la criatura aprende que su resistencia puede ser efectiva.
Y si ha podido con los padres, ¿qué impedirá que pueda con sus profesores?
Por mucho que lamentemos que las familias desistan de sus responsabilidades -no olvidemos que a menudo el alumno es víctima de circunstancias problemáticas de las que no es responsable-, no podemos, como profesores, hacer lo mismo y atribuir a la dejadez familiar nuestros fracasos educativos. Estamos obligados a buscar soluciones.
No quiero ignorar la responsabilidad de la Administración a la hora de fomentar la
estabilidad de los equipos directivos para que puedan imprimir a los centros las pautas de convivencia
necesarias con una mínima continuidad. También hay un par de cuestiones muy concretas al alcance de
cualquier profesor. La primera, el mandar más tareas para casa -y recogerlas, corregirlas y puntuarlas- para que el alumno elija en qué momento de su tiempo libre atiende a sus deberes escolares, y para crear en torno a ello un vínculo de apoyo y conexión con las familias que pueda fomentar una mayor responsabilidad del estudiante. La otra, en la que todos los expertos coinciden, estriba en reforzar las tutorías personalizadas, además de las de grupo. No puede ser que tantos chavales abandonen sus estudios sin haber pasado un rato a solas con un profesor que sondee, oriente, atienda o detecte qué dificultades encuentra el alumno en su aprendizaje. Una atención más individualizada permite marcar objetivos concretos y huir de esa igualación a la baja que tantos estragos produce. Pueden bastar unos segundos, unas miradas o unas palabras de aprecio y ánimo para que el estudiante deje de sentirse del montón y reaccione positivamente al tú a tú.
Para lo que les interesa, los alumnos siguen siendo tan espabilados como siempre, si no más. Otra cosa es que el formato de aprendizaje que les ofrecemos les resulte aburrido, y con razón. Los profesores hemos dejado de tener las llaves del saber y tenemos que ganarnos a pulso la autoridad que se nos daba por establecida. Necesitamos transmitirles nuestra ilusión por el conocimiento adaptándonos a su nivel de comprensión y utilizando los recursos didácticos que puedan ser más efectivos. Actualizar nuestras lecciones no tiene por qué significar rebajar contenidos. Significa que nos las ingeniamos para que entiendan que los esfuerzos cognitivos y procedimentales que les pedimos les van a ser útiles para manejarse mejor en el mundo actual.
Pero por mucha innovación tecnológica, audiovisual o didáctica que practiquemos, estudiar no es divertido.
Puede ser satisfactorio, pero siempre conlleva un esfuerzo que, en ocasiones, cuesta realizar. Exige
renuncia y control.
No suena bien pero así es la vida.






