Gracias a mi querida y admirada Lourdes Domenech he tenido el placer de leer este acertado artículo del escritor extremeño Luís Landero.
Lo que denuncia Luís Landero lo denuncian una minoría de profesores de lengua desgraciadamente. Yo lo sufro en mis propias carnes como padre de una chica de 13 años y como profesor de un gran número de alumnos que no saben escribir con una mínima corrección ni saben realizar la lectura comprensiva de textos de ciencias.
Cosas así son las que hacen que la educación sea un fracaso pero los políticos se empeñan en discutir y entretener al personal con temas secundarios, tarima sí, tarima no, educación para la ciudadanía sí, educación para la idem no, etc.
Consejos que doy a mi hija y a mis «hijos» (alumnos).
Desde aquí propongo al Ministro de Educación a los departamentos didácticos y al conjunto del profesorado que se cambien los programas de Lengua y que la lectura y análisis de textos se practique a diario en todas las áreas, independientemente de que se trate de asignaturas de letras o de ciencias.
Creo que en ello nos jugamos la posible significativa reducción de las cifras de fracaso escolar.
Jose Luís Gamboa también se ha hecho eco del artículo y para sacarle el máximo partido ha propuesto esta actividad a sus alumnos de Bachillerato.
Paso a reproducir el artículo por temor a que desaparezca de la web de El País en un futuro.
Tengo un joven amigo que, después de diez años de estudiar gramática, se ha convertido al fin en un analfabeto de lo más ilustrado. Se trata de un estudiante de bachillerato de nivel medio, como tantos otros, y aunque tiene dificultades casi insalvables para leer con soltura y criterio el editorial de un periódico, es capaz sin embargo de analizar sintácticamente el texto que apenas logra descifrar. Su léxico culto es pobre, casi de supervivencia, pero eso no le impide despiezar morfológicamente, como un buen técnico que es, las palabras cuyo significado ignora y enumerar luego de corrido los rasgos del lenguaje periodístico, y comentar las perífrasis verbales y explayarse aún en otras lindezas formales de ese estilo. De puro disparatada, a mí la paradoja me resulta hasta cómica, quizá porque, como bien decía Bergson, siempre es motivo de risa la teatralidad con que se manifiesta lo que en el hombre hay de rígido, de mecánico, de autómata. O, si se quiere, de deshumanizado. A mí todo esto me recuerda a Charlot en la cadena de montaje, aplicado y absurdo, cautivo en movimientos maquinales de títere hasta cuando se rasca la pantorrilla con el empeine del zapato. Este joven no está lo que se dice alfabetizado, es cierto, pero sí ampliamente gramaticalizado, y la suya es sin duda una forma bien laboriosa de ignorancia. Podríamos también decir que lo que le falta en construcción y fundamento le sobra sin embargo en presencia y diseño. Vaya, pues, una cosa por otra.Libros, ha leído pocos, y no quizá por falta de afición sino porque ahora en las escuelas se enseña poca literatura y mucha lengua. Hay que estudiar demasiada gramática como para andar perdiendo el tiempo en novelas de caballerías. Aunque en la teoría no tiene por qué ser así, la práctica es otra cosa. En la práctica, la literatura está pasando incluso a ser una provincia más de esa patria común que es la lengua (o más bien de ese Saturno que devora a sus hijos), y donde a menudo ha de convivir, de igual a igual, con esas otras provincias que son el periodismo, la publicidad, la ciencia y la técnica, o la jurisprudencia. Ahí, en esa gran democracia, si es que no compadreo, todos alternan y se codean con todos. Y es que, si de lo que se trata es de enseñar lengua, la verdad es que tanto da diseccionar una lira de fray Luis como el eslogan de una marca de detergente o una receta gastronómica, porque al fin y al cabo la cantidad de gramática y de semiología que hay en esos mensajes viene a ser técnicamente más o menos la misma.
Pero, en fin, todo sea por esa buena y sacrosanta causa que es el aprendizaje de la lengua, puede pensarse. Claro que, luego, uno se pregunta: ¿y para qué sirve la lengua? ¿Para qué necesitan saber tantos requilorios gramaticales y semiológicos nuestros jóvenes? Porque el objetivo prioritario de esa materia debería ser el de aprender a leer y a escribir (y, consecuentemente, a pensar) como Dios manda, y el estudio técnico de la lengua, mientras no se demuestre otra cosa, únicamente sirve para aprender lengua. Es decir: para aprobar exámenes de lengua. Entre ellos, el de selectividad, por supuesto, que eso son ya palabras mayores. Yo sospecho que, en algún oscuro departamento de alguna universidad, en el centro de algún laberinto pedagógico, alguien alimenta el sueño, o más bien la pesadilla, de que algún día habrá en España cuarenta millones de filólogosEl asunto, de cualquier modo, no es de ahora. En 1879, por ejemplo, en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza escribía Manuel B. Cossío: «¿Por qué no suspender el abstracto estudio gramatical de las lenguas hasta el último año de la enseñanza escolar y ejercitar al niño en la continua práctica de la espontánea y libre expresión de su pensamiento, práctica tan olvidada entre nosotros, donde los niños apenas piensan, y los que piensan no saben decir lo que han pensado?» Ciento veinte años después, la erudición gramatical, aunque con distinto ropaje, sigue vigente en las escuelas, y va camino de convertirse poco menos que en una plaga de dimensiones bíblicas.
Lo que le ocurre a mi joven amigo me recuerda mis tiempos de estudiante de Filología Hispánica. Yo llegué a sufrir aún los excesos, tan ridículos como estruendosos, de la erudición. Jamás en cinco años llegamos a comentar ni una sola página de La Celestina, el Lazarillo o el Quijote. Como en aquel relato de Kafka donde el mensajero del emperador no podrá llegar nunca a su meta porque la inmensidad del propio imperio se lo impide, o por la misma razón por la que Aquiles no conseguirá darle alcance a la tortuga, de igual modo tampoco nosotros accedíamos nunca a los textos originarios porque antes había que atravesar un laberinto inacabable de datos, de hipótesis, de averiguaciones, de fechas, de variantes, de teorías, que (ahora lo sé) no eran un medio para llegar a la obra y enriquecer la lectura sino un fin en sí mismo. Tampoco mi joven amigo sabe bien lo que lee porque, entre él y los textos, se interpone siempre la gramática, como un burócrata insaciable. Un poco al modo de aquella parodia donde Cortázar da instrucciones para subir una escalera, tanto mi joven amigo como yo nos quedamos en la higiene de los manuales de uso, sin lograr apenas ascender unos cuantos peldaños.
No hay esperpento sin un fondo solemne sobre el que destacarse. ¿Y qué mejor fondo, y de mayor solemnidad, que el de la técnica, sobre todo si se le añade el aura de un cierto hermetismo? Ante la cosa técnica, y la superstición de lo útil, todos callan y otorgan, como si se tratase del traje nuevo del emperador. Hace ya tiempo que la tecnificación del saber llegó también a las humanidades, culpables acaso de parecer sobrantes y anacrónicas en el mundo de hoy. Uno no tiene nada contra la gramática, pero sí contra la intoxicación gramatical que están sufriendo nuestros jóvenes. Uno está convencido de que, fuera de algunos rudimentos teóricos, la gramática se aprende leyendo y escribiendo, y de que quien llegue, por ejemplo, a leer bien una página, entonando bien las oraciones y desentrañando con la voz el contenido y la música del idioma, ése sabe sintaxis. Sólo entonces, como una confirmación y un enriquecimiento de lo que básicamente ya se sabe, alcanzará la teoría a tener un sentido y a mejorar la competencia lingüística del usuario. Así que, quien quiera aprender lengua, que estudie literatura, mucha literatura, porque sólo los buenos libros podrán remediar la plaga que se nos avecina de los gramáticos a palos.







El artículo tiene 10 años y, sin embargo, nada ha cambiado. Por cierto, lo he descubierto en el blog de
Israel: http://profedelengua.blogia.com/
Veo, Francisco, que también has recuperado la presentación de imágenes de animación a la lectura que preparé hace tiempo. U
Así es, lo reseñé en su día en el blog de la biblioteca http://bibliotecaiescarolina.wordpress.com/2009/04/23/434/
en esta ocasión olvidé poner que la presentación es obra tuya, lo que desconozco es la procedencia de las imágenes que utilizastes para elaborarla.
Aparece en mi Google Docs porque en su día no sabía como insertarla en el blog de la biblioteca y al pulsar en Get Your Own acabó incorporándose una copia a mi cuenta.
Un abrazo
Francisco, muchas gracias por reseñar mi actividad.
Como dice Landero y dije a mis alumnos, mi primera misión este curso era enseñarles a leer y a escribir. Veremos cómo conjugo eso, que para mí es fundamental, con la programación y las «exigencias» de la compañera que posiblemente dará buena parte de Segundo de Bachillerato el curso que viene.
Un saludo.
Gracias por reproducir este artículo. Coincido en general con él. Pero tengo que hacer una puntualización a este comentario tuyo:
«Desde aquí propongo al Ministro de Educación que se cambien los programas de Lengua».
En primer lugar, el Ministerio no prescribe programas. Los programas se elaboran en los Departamentos didácticos de los centros.
En segundo lugar, estos programas (o programaciones)suelen elaborarse, no con cada contexto educativo, sino siguiendo las pautas del libro de texto de turno.
En tercer lugar, estos programas propuestos por las editoriales responden muy poco al currículo de Lengua y Literatura, al menos en lo que se refiere a las enseñanzas mínimas establecidas por el Ministerio (otra cosa son las aportaciones al currículo por las CC.AA., que en muchos casos contradicen y deforman grotescamente la propuesta inicial).
El problema está, por tanto, en la pervivencia tenaz del viejo modelo de enseñanza centrado en la transmisión de conocimientos sobre la lengua en el reforzamiento de este modelo por parte de los libros de texto y en la casi absoluta dependencia del profesorado a las propuestas de la industria editorial.
Así que, querido Paco, supongo que habrá que pedirle muchas cosas al Ministerio, pero no precisamente que cambie unas programaciones qué él no hace no debe hacerlas: las hacemos nosotros.
Saludos.
Releo mi comentario anterior y veo que debería haber revisado mejor su redacción antes de publicarlo, sobre todo el último párrafo, que debe decir así:
«Así que, querido Paco, supongo que habrá que pedirle muchas cosas al Ministerio, pero no precisamente que cambie unas programaciones que él no hace ni debe hacer: las hacemos nosotros.»
Querido Felipe, muchas gracias por tu acertado comentario, a través de Twitter me ha llegado otro en los mismos términos que tú comentas.
Tan de acuerdo estoy con tus matizaciones que he tachado la palabra «Ministerio de Educación» y la he sustituido por «departamentos didácticos y el conjunto del profesorado»
Creo que el verdadero cáncer del asunto son los libros de texto en general y el yugo de la selectividad en bachillerato.
Hay un montón de gente como tú, Eduardo Laregui, Toni Solano, Lourdes Domenech etc que desde hace tiempo pone en práctica nuevas formas de enseñar y de aprender pero desgraciadamente os conoce una minoría del profesorado.
De febrero de 2006 data un artículo que publicastes en tu antiguo blog titulado A vueltas con la gramática que estoy releyendo, a raíz del mismo hubo un interesante debate en el blog del Tigre. El tema viene de largo pero creo que con los nuevos aires que corren con el proyecto Escuela 2.0 es conveniente sacarlo de nuevo a la palestra. Un abrazo.
Me alegra leer tu post y también la opinión de Felipe Zayas.
Efectivamente, el nivel de lengua castellana ha bajado muchísimo en los treinta años que hace que me dedico a la enseñanza. No es mi especialidad ni mi idioma habitual por lo que ruego que disculpéis mi ortografía y mi sintaxis.
La pobreza lexical y el escaso dominio de campos semánticos pueden deberse a varios factores. Quisiera enumerar algunos de ellos, puntualizando que sería un texto para ser leído a continuación del excelente comentario de Felipe Zayas.
1. El rol semántico del maestro:
El maestro se dirigía a sus alumnos en tiempos pretéritos siempre en registro culto. Inexorablemente.
Ello permitía al alumno incorporar diariamente nuevos vocablos qeu le iban a resultar útiles en la lectura.
Actualmente la mayoría de los profesores se dirigien a us alumnos en registro coloquial o semi-formal. Primer empobrecimiento.
2. Los libros estaban escritos en registro culto, lo cual suponía para el alumno un esfuerzo constante de incorporación de léxico fundamentalmente por deducción y contextualización.
Hoy en día el lenguaje de los libros de texto es «para dummies» y en un registro muy familiar y semi-formal (si no fuera así las editoriales no venderían)
3. La radio y la televisión utilizaban en el 90% de sus programas el registro culto,; verbigracia, analícese la riqueza semántica de un capítulo de Curro Jiménez o de una documental de Rodríguez de la Fuente y compárese con «Al salir de clase» , «Física y Química» o las infumables traducciones del Disney Channel.
4. Los alumnos no se hallaban sumergidos en los multimedia. Éramos ratones de biblioteca, capaces de leeer a Grimm a los ocho, Kipling a los once o NIestzche a los quince.
5. Los padres estimulabann el hábito de la lectura.
6. Las revistas jueveniles no se redactaban en argot como ahora sucede.
Podría continuar hasta el cansancio, no por ello iba a decir nada nuevo.
Yo estimo profundamente las lenguas; tengo una biblioteca con libros en varios idiomas y revistas especializadas. Pues bien, me cuesta horrores que mi hijo de 10 años y mi hija de seis adquieran el hábito de leer en calidad y cantidad. Lo conseguiré por un cierto tiempo compensando el trabajo de la escuela de la que, irónicamente ,formo parte.
Un post muy necesario amigo. Debería publicarse en «El País» (que ya no es lo que era).
Has dado en el clavo en muchos aspectos y has abierto un nuvo punto de vista, no se trata únicamente de echar la culpa a la escuela, los medios de comunicación, las editoriales y la familia tiene que tomar también conciencia del problema.
Ya nos gustaría tener tu nivel sintáctico y ortográfico a muchos de los que solo hablamos en castellano.
Saludos y gracias por enriquecer la entrada.
Me voy un rato a visitar tu blog.
Es verdad que los niños actualmente leen poco y si lo hacen lo hacen a la fuerza y leer es fundamental para poder escribir bien.
Respecto a la enseñanza y aprendizaje de las lenguas, las cosas han cambiado mucho. Actualmente están bien definidas las competencias comunicativas a alcanzar en cada nivel de aprendizaje ( comunicación oral y esrita )
Finalmente decir que el aprendizaje de la sintáxis no pretende que los chicos se conviertan en filológos. La lengua es un sistema de signos, por lo tanto es lógica y la sintáxis ayuda a comprender que todo en la lengua está relacionado ( ayuda a desarrollar la capacidad de pensar, del mismo modo que lo hace el tener que resolver un problema de matemáticas). Ciencias y letras no son inseparables. La lengua está muy cerca de la matemática como lo está la música ( que es otro sistema de signos ). Se trata de enseñar a los niños de que tanto la lengua oral como la escrita está regida por unas normas lógicas …
Un cordial saludo
[…] los ha recordado Francisco Muñoz de la Peña, en su respuesta a un comentario mío en su […]
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